Family Business Wiki's Town Square

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Cuando la enfermedad entra en el hogar de la familia empresaria aquella no se apodera sólo de la familia sino de la empresa, de modo que comienza a enterrar todo signo de esperanza. El fundador está enfermo, siendo relativamente joven a sus cincuenta y cinco años de edad, y la muerte con su incertidumbre empieza a enseñar su inminencia. Los familiares ante la certeza de la inminencia de la muerte del fundador se anudan doblemente en la familia y en la empresa. ¿Qué hacer con la empresa y con los proyectos de carácter empresarial?

La enfermedad enreda a la familia en una especie de red que restringe el aliento de la empresa y devora la vida de la pareja y de sus hijos. Hay como una tumba en el despacho empresarial del fundador y un frío que no alivia la tensión en el hogar, pues el enfermo absorbe las energías de los familiares que, sin embargo, precisa la empresa en estos momentos de crisis. Salvo a la familia empresaria y a los mandos intermedios de la empresa no interesa a nadie la enfermedad del fundador. El día de su entierro la Confederación de empresarios a la que pertenece enviará una corona de flores ceñida con una cinta de pésame por el óbito.

Salvando a la esposa del empresario y al hijo que trabaja en el negocio familiar la enfermedad de este fundador no era digna de interés. Ni siquiera la plantilla de la empresa tuvo conciencia de lo que supondría para el negocio la enfermedad de muerte del fundador. Para la familia la muerte será un drama y para la empresa una injusticia que le puede llevar al cierre.

Una empresa familiar que se cierre por fallecimiento del fundador no deja un ligero hueco en el mundo del empleo porque, como en este caso, va a dejar a cincuenta trabajadores en el desempleo en plena crisis económica y en recesión. La familia vive durante la enfermedad con el corazón encogido y tras la muerte del empresario el temor y el horror también llega a los trabajadores del negocio. El empresario, tras su muerte, encuentra la paz e incluso puede visualizar la historia de su empresa, pero en esta penetra el desasosiego ante la ausencia de dirección.

La caída del fundador es visible y cruda, de modo que, además de compasión por él, debe sentirse compasión por la empresa. El negocio no debiera arrastrarse, durante la enfermedad y tras la muerte, como una vida en cuerda floja. La dirección debe recaer en otra persona y ese relevo no es fácil si no ha sido previamente planeado. La verdad llega a la familia empresaria y al negocio cuando le alcanza al fundador su hora final. La familia y la empresa quedan prisioneros del fatal destino del fundador. Ya no habrá fácil progreso para la empresa a no ser que se acierte con el relevo en la propiedad y en la gestión. La muerte del fundador es ritual para la familia y para la empresa; la enfermedad sólo fue un paréntesis mágico pero la muerte pone al corazón al borde de la ausencia total. El templo se abarrota de clientes, proveedores privilegiados y empleados para contemplar la pizca de eternidad que representa la muerte, pero la empresa sabe que va a morir en la guerra comercial ahogada en la recesión sin dirección. Los trabajadores se agitan no por la escasez de ventas sino por la ausencia de dirección.

El ritual funerario debe ir seguido del ritual del relevo en la dirección. La propiedad de la empresa se configura por la voluntad testamentaria pero la nueva dirección no es sólo responsabilidad de la propiedad sino de la familia. Y para que la empresa no cierre, en ese relevo hay obligación de acertar. Será difícil que la absurda muerte del fundador provoque una estancia de armonía serena en trabajadores, proveedores y familiares del muerto. Pero esa armonía es su testamento espiritual para salvar el negocio.

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