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¿Las adicciones frenan el ciclo de vida de la Empresa Familiar?

Cuando comencé a interesarme por la literatura de empresa familiar me resultó muy llamativo descubrir que algunos autores expertos en adicciones, sobre todo en drogas y alcohol, habían observado que la gran mayoría de los toxicómanos, a pesar de los alardes de madurez e independencia, en la práctica dependían en gran medida de su familia de origen. Si no vivían en el hogar de los padres, dependían de ellos económicamente, aún estando en edad suficiente para estar completamente emancipados.

Esta dependencia del hogar de los padres impedía que éstos se quedasen solos, haciendo frente a los desafíos y aprendizajes de lo que comúnmente se denomina: “nido vacío”. El hijo o la hija dependiente provocaba que los padres no pudieran abandonar su rol de cuidadores o protectores de sus hijos. Además este no abandonar su rol de cuidadores, provocaba a su vez mayor dependencia de los hijos, generando así una relación circular, o lo que comúnmente se da en llamar: “círculo vicioso”.

Esta interrupción de la etapa del nido vacío y la vejez de los padres, desde el modelo sistémico, se entiende como una interrupción del ciclo vital de la familia. En los casos investigados en los años ’80 en Europa, momento álgido de la heroína como droga de moda, era fácilmente observable este tipo de organizaciones familiares alrededor de la droga. 

Hoy en día con la prevalencia de la cocaína y el alcohol, la organización familiar es más diversa. Sin embargo, la constante sigue siendo la misma: el abuso del consumo de sustancias tiene graves consecuencias tanto para la salud de la persona como para su habilidad de mantener un trabajo o desarrollarse profesionalmente en este, involucrando en este deterioro de la persona a las personas que más cerca tiene: a su familia creada y a su familia de origen.

Por tanto, si esto es así, tal vez la empresa de la familia también interrumpiría su ciclo vital cuando un miembro de la familia demostraba algún tipo de adicción severa y más si éste era uno de los líderes o futuros líderes del negocio. Si esto fuera así, quizá estaríamos ante uno de los motivos que causan el fracaso de la sucesión en muchas empresas familiares. Por tanto, parecía un buen foco de estudio.

Sin embargo, las elucubraciones duraron poco cuando me encontré con la Dra. Gemma Baulenas, experta psicología clínica y en empresa familiar, y ante este argumento respondió diciendo que en el caso de que ocurriera un caso de adicciones en las filas de los futuros líderes, la adicción se convierte en un selector natural del futuro líder ya que el propio deterioro del adicto lo descalifica como persona de confianza para dirigir una empresa con rumbo fijo y estrategia determinada. Esta descalificación jugará en favor de otro hermano u otro familiar que, estando en mejores condiciones de salud tanto física como emocional, ocupará de forma más o menos traumática, dependiendo de los casos, el puesto de liderazgo de la empresa familiar.

Así que, antes de comenzar mi investigación, ya tenía respuesta a la pregunta del hecho que deseaba investigar. No obstante, continué la pesquisa dado que los casos de adicciones, sobre todo a sustancias como drogas y alcohol, en las empresas familiares tienen una prevalencia mayor de lo que muchos de los que asesoramos a empresas solemos pensar.

En el simposio que se organiza en el Family Firm Institute, previo a la conferencia anual, liderado por Jim Hutcheson y David Bork, se ha ofrecido el dato tentativo de una prevalencia del 50% de casos de adicciones en las empresas familiares. La mayor parte de ellos pasan desapercibidos a los ojos del consultor.

Por ello, parece necesario profundizar en el conocimiento del desarrollo de las adicciones en las familias empresarias de modo que nosotros, como consultores, podamos tener unas herramientas básicas de aproximación a estas dinámicas particulares de las familias con miembros adictos que son o serán propietarios de la empresa.

La mayor parte de las veces nuestra función consistirá en hacer consciente a la familia de que existe un problema de gravedad que impide nuestro trabajo y que será necesario tomar decisiones al respecto, a veces dolorosas y a veces poniendo en juego el propio prestigio de la familia empresaria y de sus miembros. Ahora bien, ¿cómo decirlo?

Desde mi punto de vista el cómo decirlo, no se puede tratar como un protocolo de actuación sino más bien desde un punto de vista donde el consultor comprende de corazón lo que está ocurriendo en el seno de la familia empresaria y se ofrece como una guía para ayudar a la familia a trascender a la siguiente etapa satisfactoriamente.

Uno de los primeros en hablar de los temas de adicciones en las empresas familiares fue David Bork (1984), en su libro: “Family Business, Risky Business”, donde dedica todo un capítulo a este tema. En este capítulo, entre otras muchas cosas se habla del alcohol o las drogas como un miembro más de la familia, con sus propias dinámicas que gobierna la dinámica familiar. También se refiere al adicto como un adulto infantilizado, al que todos tratan con cuidado como si se tratara de un niño, reproduciendo en cada familia, claro está, los diferentes comprotamientos que son propios de cada cultura familiar.

Más adelante fue Kenneth Kaye (1996) quien habló en su artículo: “When the Family Business is a sickness”, acerca de dos tipos de empresas bien diferenciadas: una la que provoca dependencias en las siguientes generaciones utilizando la empresa y el dinero para mantener a los hijos cerca de los padres incluso en edades adultas; en el otro extremo tendríamos a las familias empresarias que facilitan el desarrollo personal y profesional de sus siguientes generaciones ofreciendo el trabajo en la empresa familiar como una opción más dentro de su desarrollo profesional y siempre con puestos y responsabilidades de acuerdo a su valía y compromiso.

Así, cuando nos encontramos estos dos tipos de familias empresarias podríamos asegurar que las primeras estarían en mayor riesgo de facilitar las adicciones a sustancias en los miembros de las siguientes generaciones.

De este modo llegamos a la discusión si el desarrollo de una conducta de dependencia a sustancias como drogas y alcohol, se trata de algo genético o más bien de una cuestión relacional. 

¿Es la predisposición genética lo que hace una persona adicta? ¿o más bien se trata de un contexto que facilita o “empuja” a la persona a este tipo de conductas?

Probablemente sean ambas cosas. Ahora bien, cuando hablamos de genética los expertos no garantizan que se trate de un sólo gen el responsable de las conductas adictivas, sino de una combinación de genes.

Sea como fuere, lo que sí está claro, es que desde el punto de vista de las interacciones terapéuticas sólo podríamos incidir en las variables que tienen que ver con el ambiente, es decir con el contexto, y poco podríamos hacer para modificar la dotación genética de una persona.

Por ello, nos concentraremos en aquellas variables en las que sí podemos incidir, como sería el caso de las conductas y más aún con estas conductas en interacción con su contexto relacional.

Así pues, fijándonos en la evolución del consumo, nos vamos a encontrar en el caso de las sustancias adictivas, con que la persona primero de todo se encuentra con una etapa de iniciación en el consumo que puede ir seguida, o no, de un uso de la sustancia. Por ejemplo, en el caso del consumo de alcohol, la persona se inicia en el consumo habitualmente en la adolescencia y después escoge los momentos en los que resulta oportuno o socialmente adecuado consumir la bebida.

No todas las personas que se inician en el consumo de alcohol necesariamente les gusta y continúan consumiéndolo en situaciones sociales. Del mismo modo que no todas las personas que se inician en el consumo y después lo ingieren en situaciones determinadas  continúan su consumo de forma compulsiva. Sin embargo hay personas que sí lo hacen. En este caso estaríamos hablando de un abuso de la sustancia, es decir, la persona hace un uso indiscriminado de la sustancia. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se considera abuso del alcohol cuando se consume una cantidad superior a dos vasos de vino diarios, en el caso de los hombres, y a un vaso de vino diarios, en el caso de las mujeres.

La diferencia entre las situaciones de abuso de sustancias, por ejemplo el alcohol, y la dependencia lo marcan las neuroadaptaciones que se producen en el cerebro y provocan que el sistema nervioso demande la sustancia acostumbrada para alcanzar un cierto nivel de equilibrio en la persona.

Conocer la evolución del consumo hacia la dependencia de la sustancia nos sirve para no llevarnos las manos a la cabeza cuando nos encontramos ante un adolescente que se ha iniciado en el consumo de alcohol o de algún tipo de sustancia. Este tipo de comportamientos corresponde a una exploración y un reto a las normas establecidas propio de esta edad en nuestra sociedad occidental. Sólo en contadas situaciones este inicio en el consumo se convertirá en una dependencia a la sustancia.

De acuerdo a diversas investigaciones realizadas en los años ’80 en el siglo pasado, el consumo de marihuana sería inducido por el grupo de pares, mientras que el consumo de otras sustancias como la heroína o la cocaína, tendría más que ver con situaciones particulares que podríamos observar en las familias de origen.

Sin ánimo de ser dogmáticos y mucho menos de culpar a la familia de origen del consumo de las sustancias adictivas y su posterior dependencia a éstas, conviene prestar atención a las diversas tipologías de adicciones que se pueden observar en las personas dependientes.

La clasificación que más útil nos resulta por su énfasis en las dinámicas familiares es la realizada por Cancrini en los años ’80 del siglo pasado. Esta clasificación nos resulta útil para entender que no existe un único tipo de adicción y cómo la familia se organiza alrededor de la persona adicta. Nótese que decimos que la familia se organiza alrededor del adicto de una forma determinada y no que la organización familiar es la provocadora o facilitadora de la adicción. Poco sabemos de la organización familiar antes de la adicción, dado que cuando el adicto llega a los programas de rehabilitación llega ya con una organización familiar rígida alrededor de la adicción. 

Los procesos terapéuticos incidirán sobre esa dinámica familiar que, si bien en un principio, se estructuró para dar soporte y ayuda al miembro adicto, más tarde se convirtió en la propia dinámica que “atrapó” a la familia y que impide tanto a la familia como al adicto acercarse a organizaciones familiares y personales más saludables.

Tipo A: Toxicomanías Traumáticas

Hay adicciones que responden a traumas personales ante los que la persona (en ocasiones un hijo ejemplar) se derrumba. Acontecimientos como accidentes graves, separaciones, divorcios, muertes próximas, etc. pueden originar estos traumas personales. También la recién estrenada independencia del joven podría vivirse de forma traumática. Algunos funcionamientos familiares también podrían facilitar esta elección personal: escasez de refuerzos positivos, hijos autosuficientes, hiperexigidos y sobreprotegidos.

Tipo B: Toxicomanías Área Neurótica

Es la más frecuente de las toxicomanías observadas. La organización familiar suele mostrar un progenitor aliado con uno de los hijos (el tóxico-dependiente) mientras el otro progenitor permanece en la periferia. También puede aparecer una alianza entre abuelos y nietos desautorizando a alguno o a ambos padres. En la fratría aparece el “hijo malo” en el polo opuesto al “hijo bueno”.

La comunicación entre padres e hijos envía mensajes contradictorios y los conflictos verbales se desarrollan rápidamente. El clima, en el hogar de los padres, está protagonizado por luchas de poder entre los progenitores. La conducta del toxicómano es depresivo-reivindicativo. Las dosis no son elevadas y resulta posible mantener las relaciones con su familia y su ambiente.

Tipo C: Toxicomanía de Transición

El clima familiar que vive el toxicómano está protagonizado por una comunicación paradójica, mensajes que invalidan su identidad personal y donde las relaciones no se definen claramente. Ignoran entre sí el significado de los mensajes y pueden llegar a utilizar la enfermedad como un estilo de liderazgo.

La organización familiar está protagonizada por una excesiva competitividad entre los padres. En la infancia podría predominar o la desatención, o la agresión física o la desautorización para expresar los sentimientos, lo que ahora provocaría la percepción de un mundo hostil donde vivir. En la fratría observamos una polarización entre “hijo bueno” e “hijo fracasado”.

Tipo D: Toxicomanía Sociopática

El modelo familiar de comunicación y organización es característico de las familias deterioradas, generalmente de clases sociales más desfavorecidas que aparecen como un grupo desorganizado. Los padres fallan en sus funciones de nutrición emocional y socialización del hijo, siendo la toxicomanía y otros comportamientos delictivos una forma de integrarse en la comunidad donde la persona vive cotidianamente.

Esta clasificación de las adicciones corresponde a investigaciones realizadas por el autor (Cancrini, 1981) en familias con uno o varios miembros adictos a la heroína. Hoy en día las sustancias de consumo giran alrededor de la cocaína que frecuentemente va acompañada del consumo de alcohol. Otro tipo de sustancias de frecuente consumo entre los jóvenes en la actualidad se refieren a las drogas de diseño y derivados del cannabis. Esta variación en las sustancias de consumo exigiría revisar la clasificación de Cancrini para poder adaptar el cuadro explicativa a la realidad cotidiana.

De todas formas la clasificación de Cancrini sigue siendo útil, aunque sólo sea para entender que las adicciones se pueden dar en cualquier estrato social, que la familia se organiza alrededor del adicto con unas pautas de comunicación determinadas y sobre todo que detrás de la adicción hay una persona que sufre a través de su propio trastorno mental.

Esta última afirmación se deriva de las observaciones del propio Cancrini cuando, una vez superados los programas de rehabilitación, se detectaba con elevada frecuencia un trastorno mental excesivamente determinado. Por ello, los tratamientos para aquellos jóvenes toxicómanos de los años ’80 implicaban por un lado la deshabituación a la sustancia y posteriormente el tratamiento psico-terapéutico del trastorno mental derivado.

De este modo se llega a la afirmación de que el adicto es una persona que sufre internamente y reacciona consumiendo una sustancia que alivie su sufrimiento como si de un medicamento se tratara.

Sin embargo esta automedicación, fuera de todo control médico, no sana, sino que aturde mientras genera mundos alternativos que alejan a la persona de su sufrimiento. Los pensamientos recurrentes que provocan el malestar o la situación relacional angustiante que vive el adicto no cesan, siguen ahí; mientras su salud se va deteriorando cada vez más, así como las relaciones con los demás y sobre todo con sus obligaciones laborales.

Es compartido por los profesionales de la salud que mientras que el adicto no haya tocado fondo será muy difícil convencerle de abandonar el consumo compulsivo de las sustancias de abuso. Algunos incluso se refieren a una “luna de miel” del adicto con su droga. Mientras el paciente se encuentre en esta “luna de miel” será prácticamente imposible cualquier tipo de tratamiento.

Ahora bien, si la conducta adictiva no se detiene, el proceso de deterioro físico, mental y relacional avanza sin piedad. La velocidad de este deterioro será más acusado en unos casos y mucho más lento en otros. Si atendemos a la tipología de Cancrini, este deterioro podría ser mucho más lento en toxicomanías de base neurótica. Ahora bien, que sea lento no quiere decir que pase inadvertido, sobre todo para familiares cercanos como los padres o la pareja.

Por ello, como observador de un sistema familiar donde existen comportamientos adictivos debemos preguntarnos, ¿qué función está desempeñando (o desempeñó) la adicción en esta familia?

Si prestamos atención veremos que en unas familias la adicción del miembro adulto está facilitando a una madre en su etapa más adulta volver a ejercer como madre cuidando de su hijo que tanto la necesita; o puede estar desviando la atención de una inminente crisis entre la pareja de padres a la que tendrían que hacer frente si el problema de las adicciones de su o sus descendientes no existiera; o puede estar funcionando como un analgésico ante una situación de pareja que uno de los cónyuges no resiste más; etc.

De algún modo podríamos decir que será fácil para algunas familias en situaciones de dependencia, que se vuelvan co-partícipes de la situación prefiriendo continuar con el equilibrio familiar alrededor de la adicción que enfrentarse al miembro adicto.

Javier Macias

 

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